Desde octubre de 2010
jueves, 24 de enero de 2013
Colonia Adulta
Primero los veía como se ve a cualquier otro extraño. Y de tanto verlos día tras día, camino a casa, llegó el momento en que les hablé. Sobre todo las buenas tardes, las buenas noches, migajas de palabras. Estas personitas de la tercera edad llegaron a convertirse en muy poco tiempo, en figuras familiares de mi diaria rutina.
Los primeros, un matrimonio al que siempre miraba pero nunca les dirigí la palabra; él como de 70 y la señora un poco menor, ambos dueños y señores de su porche. La señora diabética, como bauticé a la segunda, quien nunca falla en responder a mi saludo. Luego la viuda, la que vive rodeada de basuras y trebejos acumuladas con desenfado durante décadas. Y finalmente, Don Valentín, el de la casa pequeña.
Todos ancianos, algunos enfermos y otros no. Todos náufragos de esta vieja colonia de casi 50 años que todavía no se cae de vetusta y, a diferencia de sus hermanas, se ha negado al doloroso proceso de envejecer aparatosamente. No, esta colonia conserva sólo en algunas construcciones el aire sesentero que le dió tanto prestigio, porque en lo demás se ha maquillado de barrio moderno, algo distante del sitio donde los jóvenes matrimonios que llegaron aquí rodeados por tierras de cultivo, fincaron una vida cómoda y segura sin delincuencia, con vecinos amables en su mayoría; criaron niños que en un santiamén crecieron, se casaron y se mudaron a tierras más altas, a pulcras residencias lejos de las tranquilas calles donde dejaron a sus padres, que no les quedó sino un mutuo acompañamiento de su vejez y soledad. "Es una colonia de adultos, una colonia adulta", dice la gente.
De esa cepa provino el matrimonio relojero. Así les bauticé cuando al pasar cada noche los veía, cómodamente sentados en su pequeño porche, rodeados de frondosas plantas, mientras escuchaban boleros y música de tríos de los años cuarenta y cincuenta. El señor ya portaba una cabellera plateada en su totalidad, mientras la señora era el retrato vivo de la típica abuela clasemediera, sencilla y de carácter agradable. Por la ventana que domina la casa, desde donde salían los sonidos de Fernando Fernández o Avelina Landín, asomaba una mesa de relojero, con las lámparas fluorescentes, lupas e instrumentos propios del oficio. Un letrero de "Relojero y Joyero" y "Relojes de Quartz, Cuerda, Automáticos" confirmaba la vocación del varón, siempre callado y serio desde los gruesos cristales de sus anteojos. Yo veía sanos a los dos.
No pensaba lo mismo de la señora diabética. Incluso ignoro si tiene diabetes -y no se lo deseo- porque nunca se lo he preguntado, ni me atrevería. Es un diagnóstico atrevido de mi parte para una señora sesentona, poco obesa y de baja estatura, que se ayuda de un andador para desplazarse lentamente un par de metros, hacia una silla en su cochera desde la cual ve pasar el tráfico de coches y gente en la avenida. Vive en una casa triste, que dudo mucho haya sido alegre algún día, porque es de ese tipo de casas recubierta de un color que aunque en apariencia alegre, fue elegido para lucir avejentado. La señora es parte de esta gris estampa. Desde su silla, con una mirada que delata un añejo sufrimiento que se quiere disfrazar de sonrisa -una mueca, pues-, la señora suaviza su expresión cuando paso y la comienzo a saludar. Me responde igual y la conversación jamás avanza pese a los años que sostiene la misma. La señora diabética no sale cuando hace frío, y por la ventana alcanzo a ver una cocina que, sospecho, es tan sosa como la casa y no alberga ricas viandas. Es una casa que debe valer mucho por su ubicación, en la que quizás nunca hubo demasiado dinero. No hay rastros de mucha familia, ni señales de niños. En el pequeño cuadro de 2 x 2 que sobrevive como jardín, hay una losa que hizo las veces de banca y un par de plantas tristes que se suman a la estampa.
Otro hogar con plantas tristes es el de la viuda. Ella vive en una casa que, a finales de los años cincuentas debió ser impresionante. Y digo debió, porque sospecho fundadamente que desde esa época no se ha pintado uno de sus muros, ni repuesto vidrio alguno, y las descuidadas hierbas y árboles del amplio jardín, siguen vivos gracias a la lluvia y nada más. La basura, kilos de hojas y un viejo Cadillac arrecholado al fondo, complementan el panorama desde donde sale la dama. Debió haber sido bella en sus días, sospecho, por su estructura ósea y su mirada. Es de esas señoras que no tiene más tiempo para arreglarse. Creí haberla visto con un señor de su edad, y luego no lo volví a ver más, por lo que intuí que era viuda y sus hijos se aparecían 3 ó 4 veces al año -mas no para hacer aseo. Ella vive sola, aunque acompañada por dos fieles perritos, y me pregunto cómo será el interior de esa casa. Al porche han ido a parar vitrinas, trinchador y sillas de factura muy antigua, deteriorados como para el carretón, y ahí han visto varios inviernos hasta que desaparecen paulatinamente. La señora, igual que la diabética, sólo respondía a mis 'buenos días' religiosamente, si bien no me atreví a abrir una conversación en forma.
Con quien sí conversé desde un principio fue con Don Valentín. Este hombre, solo en una pequeña casita a sus 94 años, barría a las 7 de la mañana banqueta y frente de su vivienda, para luego calarse su guaripa norteña y treparse en su bicicleta -siempre amarrada frente a su vivienda- y perderse cinco minutos pedaleando por el barrio hasta regresar, ágil y entero, para cocinar su desayuno. Cuando lo empecé a saludar me sonreía tan francamente que no pude evitar el '¿Cómo le ha ido?' y así me enteré de algunos detalles de su vida, de cuna campirana. Me saludaba fuerte, y me decía "¡Qué chulada de saludo, de manos!", refiriendo que así se conocía a la gente sincera. "¡Qué afortunado soy de tener tanta gente bonita a mi alrededor!", celebraba, y luego lo dejaba sonriente, sentado en su mecedora que colocaba justo a la puerta principal, mientras escuchaba el radio bajito. En las noches, ya con su puerta cerrada, lo veía por la ventana cenando en una mesita mientras veía las noticias. Un hombre decente, querido por sus vecinos, y visitado por sus hijos cada fin de semana. Su casa modesta, por cierto, reflejaba en su limpieza el carácter de su dueño. "Soy Valentín, para servirle," me dijo. "¡Diosito me ha concedido vivir 94 años, y no me doblo, nomás me pandeo poquito!", anunciaba al sonreir con su rostro expresivo, ojos vivaces y gestos elocuentes.
Saludar a cada uno de estos vecinos se hizo una agradable rutina, del tipo de rutina que nunca quieres evitar, que te aporta una pequeña satisfacción. Mas cuando esa rutina se altera, por algún motivo, es algo que no puedo anticipar.
Un día caí en cuenta que el matrimonio relojero no se veía más. La luz nocturna seguía encendiéndose en la casa, noche a noche, pero la casa permanecía apagada. Al paso de los meses, las plantas comenzaron a secarse y el pequeño porche a llenarse de hojas y basura. Y así continuó al paso de unos tres o cuatro años. Y esto se convirtió en algo parecido a un cuento cuyo final no podía descifrar por carecer de datos. "Ah, los señores. Pues se enfermaron, y los hijos se los llevaron. Por eso ya no están aquí. Sé que están mejor, pero no los quieren traer para que estén solos." -me puso al día el comunicativo carnicero, una puerta enseguida del relojero. Y no dejo de mirar con una mezcla de extrañeza, que algunas plantas han sobrevivido a tanto abandono, supongo que aquellas que alcanzan lluvia ocasional se niegan a desaparecer, como si todavía esperaran a las manos que las cuidaron con esmero. Me pregunto si alguien más espera que regresen, aun cuando fuera imposible.
La señora diabética -que espero no tenga diabetes- sale menos, muy poco. Un día no muy lejano, apareció un Chevrolet Impala 69 en el porche de la casa. Igual de ruinoso que la finca, el coche lucía colosal en tan pequeño espacio, al grado que invadía la banqueta. Y entonces soñé por un momento en una estudiante que conducía esta entonces hermosa nave rumbo a alguna facultad cercana -¿Medicina? Es una posibilidad...- y me inclino a imaginar a esta persona en su tiempo de capacidades a tope, a esa edad en que se sube como la espuma, que se tiene al mundo en un puño y se puede hacer cualquier cosa. Y en contraste, cómo una enfermedad repentina que luego se convierte en crónica, una crisis económica, un mal negocio familiar, alguna desgracia, pues, trastocan esta película retro de los sesentas. No, ya no es igual. Ahora Simón Bolívar no es más el elegante boulevard que atrajo a jóvenes matrimonios de futuros pujantes, sino una avenida gris llena de hollín que se cimbra de punta a punta cada cuatro minutos que pasa un tren del Metro sobre sus cabezas.
No, la vida no es la misma.
La dama de la residencia decadente dejó de verse muchos meses. Ni los perros salían al porche, y no se veían latas de refresco ni alguna señal de que alguien salió a tomar aire. La basura se acumulaba más en todas partes, y la casa pasó de un aspecto abandonado a un tono lúgubre. Hasta que una mañana soleada la ví cerca de la reja, con todo y sus perros. Me dio tanto gusto que hasta la hubiera abrazado, de no ser por la verja que nos separaba. "¡Señora! ¿Cómo está, dónde se había metido?" -me apresuré a preguntar. "Aquí estaba, no había salido porque no me quería enfermar, pero ¡gracias por preguntar!", me responde sonriente, y le digo entonces que me da gusto verla, de verdad, y le deseo que esté bien mientras los perros me ladran, insoportables, como si fuera a asesinar a su ama. Me retiro contento, siento que he recuperado parte del encanto de esta rutina.
Pero todo cambia el día menos pensado. Como cuando no veía a Don Valentín tantas horas al día, y las apariciones se hicieron esporádicas. Luego, me explicaba que por el frío o por la lluvia, según el caso, sus hijas se lo habían llevado a una de sus casas, donde pasaba una o dos semanas. Pero luego se comenzó a ausentar más, hasta que un día lo ví, acompañado por familiares, en su habitual mecedora, portando una manguera de oxígeno. "Estamos malitos, mi compayito, ¿cómo ve?", y yo le decía que había que ponerse bien, para agarrar la bicicleta y navegar al aire. Y el sólo sonreía, más delgado, con una piel más fina que transparentaba sus ancianas venas. Y luego no lo ví más. La casita permanecía cerrada, y yo juzgaba por las persianas si alguien había ido a ventilarla, y le preguntaba a sus hijos y me decían que Don Valentín estaba bien, pero que no querían moverlo. Y yo le transmitía mis saludos.
Hoy me topé con uno de sus hijos. Y al momento de preguntarle por él intuí lo que me iba a decir, lo que temía. Había fallecido el 27 de diciembre. Ya había dejado de sufrir, me explicó el hombre, sereno, a pesar que no había transcurrido ni un mes. Y se me ahogó el pésame en la garganta, porque lo extrañaré mucho. Extrañaré sus bendiciones, su don de humano cálido y sin poses, su energía de tierna vitalidad. Lo lloré, como se llora a un abuelo, a un padre. Es a quien extrañaré más.
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